Vitalidad

Los Jóvenes

Mi amiga, la señorita Nubarrones

Christy Heitger-Ewing

Cuando me volví para abrir la puerta de mi casillero vi que Breana aparecía por la esquina. Miré mi reloj. Eran las 7.40, la hora en que la señorita Nubarrones solía aparecer para darme su típico informe negativo de la vida.

Aquí vamos otra vez, pensé mientras dejaba escapar una mirada de fastidio.

 

—¡Mi vida está terminada! —anunció Breana, haciendo un movimiento de desesperación con los brazos en el aire—. ¡Terminada!

 

—Sea lo que fuere, no puede ser tan malo —le contesté.

 

—¿Te parece? ¡Escucha esto! Chad pidió salir con Lyndsey. No conmigo. ¡Con Lyndsey!

 

Tomé mis libros de física del casillero y los coloqué en la mochila.

 

—¡Hola! —gritó Breana, justo delante de mi cara—. ¿Escuchaste lo que dije? ¿Se ha vuelto loco ese Chad?

 

En realidad, yo no podía culpar a Chad. Lyndsey eran una joven dulce. Pero por el contrario, Breana era un archivo andante de quejas. Jamás había conocido a alguien que tuviera una actitud tan negativa.

 

—¿Qué tiene Lyndsey que yo no tengo? —preguntó Breana.

 

Una sonrisa, pensé. Una risa atractiva. Una personalidad dulce. Pero me quedé inmóvil, y me encogí de hombros.

 

—No sé —le contesté.

 

—Bueno —siguió diciendo Breana frunciendo el ceño—. Chad es un estúpido. ¿Y sabes quién más es estúpido? El señor Migles. Me dijeron que hoy va a tomar una evaluación del día.

—Sí —le contesté—. El lunes nos dijo que teníamos que esperar la evaluación para uno de estos días.

—Bueno, yo no estoy lista para eso. Si me va mal en el examen, va a ser tu culpa, Christy. Te dije que me enviaras tus apuntes, pero nunca lo hiciste.

—Breana, tú sabes que estoy ocupada con deportes y danza y el grupo de jóvenes —le dije—. Además, tú deberías tomar tus propios apuntes.

—Estoy demasiado cansada para hacerlo —se quejó Breana—. Mi mamá me hace cuidar a mi insoportable hermanita, y eso me agota.

Así eran las cosas con Breana. Una queja se transformaba en otra. Y si no estaba quejándose de algo relacionado con su vida, entonces se ocupaba de burlarse de sus compañeros, amigos o familiares.

Cuando conocí a Breana por primera vez, aprecié su espíritu libre e independiente. Me sentí fascinado por su capacidad de expresarse sin límites, de decir lo que se le viniera a la mente. Pero después de un tiempo, su espontaneidad fue eclipsada por su cinismo y negativismo. No me gustaba cómo siempre encontraba faltas en todas las personas y en todo lo que la rodeaba.

La decisión de testificar

—Ya no lo aguanto más —le dije a Carol, mi líder de jóvenes, un fin de semana después de la iglesia—. Breana es tan grosera y odiosa. ¡No es divertido estar cerca de ella!

—¿Qué sabes sobre sus padres y la vida en su hogar? —preguntó Carol—. ¿Va a la iglesia?

—No lo sé —le contesté—. Me da miedo hacerle preguntas personales. Probablemente me atacaría inmediatamente.

—Puede ser, pero creo que deberías probar —me sugirió Carol—. Me parece que esa chica necesita una amiga cristiana con desesperación.

No la contradije. Pero no sabía si yo podría contribuir a llenar ese vacío en la vida de Breana. Estar cerca de ella me agotaba. Aun así, sabía que Carol tenía razón. Decidí que al menos trataría de testificarle.

Una invitación

—Entonces, ¿vas a ir al aburrido grupo de estudio de Raquel este próximo miércoles? —me preguntó Breana junto a mi casillero a la hora acostumbrada.

—No —le contesté—. Tengo el grupo de jóvenes.

Dudé por un momento, y entonces le pregunté suavemente: “¿Quieres venir?”

El rostro de Breana se iluminó como si la hubiera invitado a una cena en la Casa Blanca.

—¿Es una broma, no? —me preguntó.

—No —le dije—. Creo que te gustaría conocer a gente nueva.

—No te ofendas Christy, pero gente religiosa… —dijo con la voz apagada—. Son demasiado buenos para mí.

—No es así —le contesté—. Los chicos de mi grupo son divertidos e inteligentes, y es muy agradable estar con ellos.

—Me sentiría fuera de lugar; sé lo que te digo —insistió—. De todas maneras, gracias por invitarme.

Salvada por el festival de arte

Sabía que a Breana le gustaban las artes y las manualidades, por lo que decidí contarle sobre el próximo festival de arte en mi iglesia.

—Pero estoy en grandes problemas —le dije—. Porque estoy a cargo del puesto de los jóvenes durante el festival, y no tengo idea sobre qué podríamos hacer para vender.

Los ojos de Breana se iluminaron.

“Te puedo dar algunas sugerencias”, dijo Breana con una sonrisa.

Creo que fue la primera vez que veía una sonrisa en el rostro de Breana. Fue tan alentador ver algo así.

Durante las semanas siguientes, Breana hizo mucho más que darme ideas para el puesto de los jóvenes. Ella creó toda clase de modernos monederos, coletas para el cabello, imanes y marcadores de libros. Entonces insistió en venir a la iglesia y preparar y trabajar en nuestro puesto. Fue maravilloso ver cómo la obra de Dios se revelaba delante de mis propios ojos.

A lo largo de la semana, muchas personas se detuvieron en el puesto de Breana para felicitarla por su destreza artística. Recibió tanta atención positiva que no dejaba de sonreír, radiante de felicidad.

Parecía imposible que en tan solo unas semanas una persona pudiera pasar de ser una pesimista mordaz y malhumorada en un alma feliz y amistosa. Pero gracias a la testificación, ¡yo misma fui testigo de ello!

Una nueva actitud

El lunes siguiente, al volverme a abrir mi casillero, vi que Breana llegaba a la hora acostumbrada. Solo que no parecía la misma persona.

—¡Fue un fin de semana tan espectacular! —exclamó Breana.

—Todo gracias a ti —le dije—. ¡Hiciste un trabajo estupendo!

—Bueno, gracias —dijo sonrojándose un poco—. Sabes, la gente de la iglesia es realmente buena. Varios de ellos me invitaron a la iglesia el próximo fin de semana.

—No sé —dijo Breana—. Yo no sé mucho sobre Dios.

—No existen los prerrequisitos —le aseguré—. Solo ven con la mente abierta.

—Lo voy a pensar —me contestó.

En los meses siguientes, no presioné a Breana para que asistiera a la iglesia. Pero comencé a hablarle sobre mi fe. Ella no siempre decía mucho, pero parecía intrigada. Hasta me comenzó a hacer preguntas sobre la Biblia. También quería saber qué es lo que hacíamos en el grupo de jóvenes.

Poco a poco, la actitud de Breana comenzó a cambiar. Sus sonrisas superaban a sus momentos de ceño fruncido. Se reía mucho más que lo que se quejaba, y veía también las cosas buenas en las personas, no solo lo malo.

Entonces, cierto día, Breana se apareció junto a mi casillero y me preguntó:

—¿Te parece que podría ir a la iglesia contigo este fin de semana?

—Por supuesto —le dije—. ¡Sería estupendo!

Breana sonrió, y yo le devolví la sonrisa.

Parecía que mis los informes catastróficos de todos los días habían llegado a su fin. ¡Qué alegría!

Testificar a los amigos

¿Ha recibido usted alguna vez noticias maravillosas? ¿No es hermoso compartir buenas noticias con otros? Es exactamente lo que sucede con el evangelio. Cada día, tenemos la oportunidad de esparcir las buenas nuevas, hablándoles de Jesús a los que nos rodean. La paz, la redención, la vida eterna… ¿Quién no se sentiría intrigado de manera que querría saber más?

En Romanos 10:14 y 17 leemos: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? […]. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

Es difícil imaginar que alguien no quiera saber más de Cristo, pero la verdad es que los no cristianos a menudo se sienten incómodos a la hora de hablar de Dios. Puede que se sientan reacios de hacer preguntas sobre la fe y el cristianismo. Por lo tanto, la testificación significa mucho más que solo hablar de Dios y compartir las Escrituras. Por lo general, comienza con demostrar su amor y aceptación por medio de nuestras acciones.

Proverbios habla de la importancia de establecer amistades estrechas. Proverbios 27:9, 10 expresa: “Los aceites y los perfumes alegran el corazón, y el cordial consejo del amigo, al hombre. No dejes a tu amigo ni al amigo de tu padre”.

Cuando me abrí a Breana y le hablé de mi fe, fui de a poco. No la presioné con temas de la iglesia, ni le di un sermón sobre la importancia de establecer una relación con Dios. Por el contrario, la guie de a poco hacia el Señor. Sembré la semilla, y Dios la regó.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:89).

Este artículo apareció originalmente en la revista Insight de Octubre 2012.

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