Vitalidad

Las Mujeres

El síndrome de la supermujer

Trudy J. Morgan-Cole

Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, (que traducido es ‘Dorcas’). Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía” (Hechos 9:36).

Abundante en buenas obras. Esa simple frase de cuatro palabras podría ser usada como un eslogan para muchas mujeres. ¿Siente usted alguna vez que abunda en buenas obras al preparar la comida, limpiar la casa, trabajar como voluntaria o escuchar a un amigo?

Hay muchas maneras de abundar en buenas obras. La mayoría de nosotros ha cumplido al menos una de esas funciones.

La supermujer. Es la que puede hacer equilibrio entre las tareas de la casa, la maternidad y una carrera de tiempo completo sin siquiera pestañear y arruinar sus perfectas pestañas. Hace malabarismo con tantas tareas que uno se pregunta qué sucederá cuando todo se venga abajo.

Una santa altruista. Ella ha dejado de lado su vida por servir a otras personas, ya sea un progenitor enfermo, un hijo con alguna discapacidad, un esposo disfuncional o un jefe exigente. Parece no tener una vida propia. No hay tiempo para atender sus propias necesidades, y no tiene pasatiempos o intereses propios. Cuando uno le pregunta cómo le va, ella deja escapar una sonrisita triste y dice: “Oh, no tengo de qué quejarme”.

Súper ocupada. A menudo una ama de casa o una jubilada, ella dedica sus horas y energías a servir a la iglesia, coordinar el banco de alimentos, ayudar a los menos afortunados. En ocasiones puede ser un poco mandona y entrometida, pero nadie se anima a decírselo porque todos dependen del trabajo que lleva a cabo.

Estos son tres tipos de mujeres, pero hay muchas otras. La mujer descrita en Hechos 9 parece haber sido más del tipo “súper ocupada”. Parece haber sido conocida más por sus esfuerzos de coser ropas para los pobres, pero probablemente también estaba activa ayudando a la gente en muchas otras áreas.

¿Y qué tiene eso de malo? ¿No es exactamente esa la clase de trabajo que Dios ha pedido que hagan las cristianas? La Biblia dice, al referirse a Jesús, que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). ¡Cuán honrada se habría sentido Dorcas si hubiera sabido que para describirla se usaron casi las mismas palabras que se usaron para describir a Jesús!

Sin embargo, Dorcas tuvo un problema. A diferencia de Jesús, y al igual que todos nosotros, ella era solo un ser humano. Sus recursos no eran ilimitados. Demasiado a menudo, cuando nos dedicamos a hacer el bien, nos chocamos con una pared que nos fuerza a reconocer nuestras limitaciones. Ya sea que experimentemos la enfermedad, las lesiones, o el agotamiento total, descubrimos que no podemos seguir y seguir sin parar jamás.

La necesitamos

Los eventos tomaron un giro dramático cuando los cristianos de Jope, que habían conocido y amado a Dorcas por su espíritu generoso, enviaron un mensaje al apóstol Pedro, quien estaba visitando un pueblo cercano. Pedro, el mismo Pedro había sido uno de los tres discípulos más cercanos a Cristo, era bien conocido como un predicador lleno del Espíritu Santo que tenía la misma capacidad asombrosa de sanar a las personas que su maestro, Jesús, había demostrado mientras estuvo en esta tierra.

Jesús había resucitado a los muertos. Los cristianos se Jope se preguntaban si Pedro podía hacer lo mismo. Pedro estaba dispuesto a permitir que Dios lo usara de esa forma maravillosa. Se dirigió a la casa de Dorcas, donde fue recibido por un grupo de viudas pobres que le arrojaron a sus brazos las ropas y las túnicas que Dorcas les había cosido con sus propias manos. Es como si le estuvieran diciendo: “¡Mira, Pedro! ¡Fíjate que buena mujer era Dorcas! ¡Ella se merece vivir!” Sacando a todos de la habitación, Pedro cayó sobre sus rodillas y oró. Entonces, con la confianza de que Dios respondería su oración, Pedro le ordenó a Dorcas que se levantara. La Biblia nos dice que “ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él le dio la mano y la levantó; entonces llamó a los santos y a las viudas y la presentó” (Hechos 9:4041).

¡Qué demostración extraordinaria del poder de Dios en esos días que sucedieron en poco tiempo a la resurrección de Jesús, cuando la iglesia primitiva estaba llena del Espíritu de Dios! Sin embargo, ¿qué relevancia posee este evento para nosotros hoy día, donde esos milagros tan dramáticos se producen en raras ocasiones, si es que siquiera lo hacen?

Aunque puede que ni usted ni yo lleguemos a ver a una persona que ha resucitado de los muertos antes de la segunda venida de Cristo, tenemos el privilegio de ser testigos y experimentar la resurrección espiritual. El tipo más dramático de “resurrección” se produce cuando un pecador entrega su vida a Dios y recibe el perdón y la posibilidad de comenzar de nuevo. Pero creo que Dios puede obrar muchos otros milagros de la resurrección en nuestra vida. Él puede dar nueva vida a las relaciones moribundas, las esperanzas trastocadas, los sueños que han expirado y a los que de tanto hacer el bien terminan agotados.

Cuando Dorcas se dejó caer en la cama y el último suspiró escapó de su cuerpo, ya no tenía utilidad alguna. Ya no era esa mujer fuerte y capaz que podía resolver todos los problemas y estar a la altura de cualquier desafío. Al morir, Dorcas demostró de la forma más dramática posible su debilidad humana. No había quedado en ella poder alguno, ya sea para ayudar a los demás o para salvarse a sí misma. Nada podía salvarla salvo el poder de Dios.

Nosotras, las “supermujeres” modernas, necesitamos reconocer que, cuando nos balanceamos al borde del agotamiento, no somos todopoderosas. Aunque podemos ser los agentes de Dios para brindar su amor a un mundo quebrantado, no somos Dios. Somos seres humanos y tenemos limitaciones. Necesitamos ocho horas de sueño cada noche un día de descanso sabático una vez a la semana. Necesitamos el poder de Dios: que el poder de su resurrección fluya a través de nosotras.

Cuando el esfuerzo de ser buenas, de hacer el bien, de servir, ayudar, amar y atender a otros parece tan grande que usted siente que está a punto de experimentar el agotamiento total, ¡deténgase! Tómese un descanso, en busca del reposo tanto físico como espiritual. Descanso con el conocimiento de que Dios está en control, pero usted no. Y permita que en su vida exista un espacio para experimentar la sanidad divina, que es el poder de su resurrección.

No siga trabajando hasta caer muerta, como lo hizo Dorcas. Por el contrario, caiga ahora mismo de rodillas o en su silla preferida y  permita que Dios la vuelva a llenar y restaurar. Dedicar tiempo a renovar su espíritu no es egoísta: es algo fundamental.

 

Este artículo apareció originalmente en la revista Women of Spirit.

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