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Vacaciones, en las buenas y en las malas

Vacaciones, en las buenas y en las malas

Kem Roper

Era el verano en que cumplí 16 años. Mi madre, mi padrastro, mi hermano, mi hermana y yo nos amontonamos en nuestro viejo Plymouth 1936 y comenzamos un viaje de este a oeste del país, desde el estado de Georgia a California. En esa época no me llevaba demasiado bien con mis padres. Al igual que la mayoría de los adolescentes, estaba segura de que ellos querían arruinarme la vida. Me colocaban muchas restricciones y, creía yo, no las suficientes a mis hermanos más pequeños, que tenían 9 y 7 años.

Esos dos vivían solo para arruinarme la vida. En consecuencia, era de esperar algo similar a lo que sucedió: Más o menos a la mitad del viaje, en algún lugar del desierto, mientras yo estaba reclinada en el asiento del medio, mi hermanita anunció que le dolía el estómago. Y así nomás, sin advertencia alguna y antes de que alguien pudiera responderle, se inclinó hacia adelante y me vomitó encima. Poco después de dejar salir todo lo que aparentemente le había caído mal, informó que ahora se sentía mucho mejor.

Años después, cuando estaba embarazada de cinco meses con mi segundo hijo, mi esposo y yo hicimos un viaje en carro a las Montañas Humeantes durante una salida de fin de semana con otras dos familias. Todos nos habíamos unido para alquilar una cabaña durante el fin de semana, y estábamos entusiasmados con la posibilidad de descansar y relajarnos un poco.

El sábado de noche, decidimos aventurarnos al pueblo para pasear un poco. Hacía frío, pero ninguno de nosotros pensó en comprobar antes de salir cómo estaría el clima. Sin preocuparnos por nada, salimos de excursión justo cuando el sol y la temperatura comenzaban a descender abruptamente. Aun antes de llegar a nuestro destino, comenzó a caer la lluvia helada y, para cuando decidimos regresar a la cabaña, la nevizca se había convertido en una tormenta de nieve con viento.

Nos llevó el doble de tiempo regresar, y cuando lo hicimos, descubrimos que para llegar a la cabaña tendríamos que conducir por una colina que ahora estaba cubierta de hielo. Intentamos subir por la colina, pero las ruedas comenzaron a patinar y la furgoneta comenzó a resbalarse en dirección contraria, justo hacia donde había una zanja.

El propósito de las vacaciones

Ahora bien, ¿por qué comenzar un artículo sobre vacaciones con historias de intentos frustrados durante supuestos viajes de placer? ¿Deberían experiencias como estas llevarlo a abandonar la costumbre de salir de vacaciones para quedarse en su casa? Por cierto, no es así. Todo el que alguna vez ha planificado unas vacaciones sabe bien que la norma son los incidentes inesperados, pero los desvíos y los obstáculos suelen tener mucho mejor aspecto una vez que han quedado en el pasado.

Además, si pensamos en la fatiga mental, física y emocional que tenemos que soportar en la vida diaria, no tiene por qué resultar asombroso el hecho de que necesitamos de tanto en tanto hacer un alto en nuestras actividades. Según el Censo de los Estados Unidos 2006, el 53 por ciento de las parejas casadas trabaja fuera del hogar, y el 64 por ciento de esas parejas tienen hijos. Por ello, desde las congestiones de tránsito hasta los atestados pasillos de los supermercados, desde los irritantes supervisores hasta los irritables niños en edad prescolar, hacen que la vida vaya cayendo con todo su peso sobre nosotros, hasta llegar al punto en que nuestro cuerpo y nuestra mente necesita un descanso.

La necesidad de vacacionar puede parecernos obvia, pero acaso usted quiera incluir estos elementos a la hora de planificar sus vacaciones.

1. Un cambio de escenario. Hace poco visité un hermoso centro turístico, y me sentí inmediatamente impresionado por los vívidos colores del lugar. Había cálidos edificios con paredes de color durazno rodeados de fresca agua azul y brillantes arenas blancas. La vegetación de follaje tropical hacía juego con las montañas pardas del fondo. El sonido del océano me ayudaba a quedarme dormida por las noches, y el sol anaranjado y brillante me calmaba durante el día. Cuando terminó el viaje, y regresé a kilómetros y kilómetros de cemento negro y ladrillos rojos contra un fondo de césped amarillento y jardines sin flores, sentí con mucha claridad el poder de la estética. El estar rodeada de belleza había elevado mi espíritu. Me sentía liviana, sin preocupaciones; estaba relajada y optimista. El cambio de paisaje había hecho toda la diferencia.

2. Descanso y esparcimiento. En el libro devocional Fit Forever (En buen estado para siempre), de Kay Kuzma, Kim Allan Johnson nos aconseja sobre nuestra necesidad básica de descansar. Nos dice que tenemos que hallar el equilibrio entre lo que entra y lo que sale. Nuestra capacidad de producir depende en gran medida del tiempo que dedicamos a la renovación personal. Las horas que pasamos recuperándonos física, emocional y espiritualmente son también muy importantes y valiosas, como el tiempo que pasamos específicamente trabajando. Por cierto, de esto se tratan las vacaciones: del descanso. Implica cambiar de ritmo. Significa seguir durmiendo y no estar pendiente de la hora. Cuando Dios creó el mundo en seis días y entonces nos reservó el sábado, él también nos mostró la conducta que deberíamos tener al fin de cada semana. Al cesar de nuestras actividades por un tiempo, podemos atender su invitación que nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

3. Reconexión con la familia y los amigos. Debido al ritmo frenético de nuestra vida, es fácil llegar a estar desconectados. Cuando nosotros y nuestra familia o amigos cercanos vivimos en diferentes ciudades, se hace particularmente difícil mantenerse en contacto. Las vacaciones pueden brindarnos oportunidades de renovar esas relaciones. Si fuera posible, planifique una vacación con familiares o amigos, aun con los que viven en la misma ciudad. Si dividen el costo del alquiler de carros y del hotel la salida puede resultar más asequible. Muchas atracciones ofrecen descuentos grupales, y no hay nada como la diversión y camaradería adicional que se cultiva en esas memorables excursiones grupales.

4. Por los recuerdos. Las salidas en grupo, las vacaciones en familia y los viajes de cualquier tipo tienen el potencial de sufrir complicaciones. Toda vez que dejamos la seguridad y la comodidad del hogar, existe la posibilidad de que algo salga mal. Pero Dios nos ha dado un mundo que podemos disfrutar, y está lleno de gente que podemos amar. Conocer a personas nuevas o cultivar una relación con viejos conocidos, aun si tenemos que soportar a los individuos más imperfectos de nuestra familia, son oportunidades para desarrollar el carácter que no deberíamos perder.

Con el tiempo, me recuperé del horror del vómito de mi hermana, y hoy día, todos nos reímos de ese momento. Ese viaje es una postal de una época más feliz cuando estábamos todos unidos como familia. Ahora la unidad familiar se ha quebrantado, porque estamos desparramados, pero el recuerdo de esa terrible travesía por el país siempre nos ayudará a mantenernos unidos.

Y en esa fría noche en las Montañas Humeantes, nuestros esposos, patinando y resbalándose sobre el hielo, se las ingeniaron para maniobrar la furgoneta mientras las mujeres dentro de ella gritaban órdenes o lanzaban exclamaciones. Más tarde, en la seguridad y calidez de nuestra cómoda cabaña, nos turnamos para agradecer a Dios y contar nuestra propia versión de los eventos de la noche. Por supuesto, al mirar hacia atrás, toda la experiencia nos pareció un tanto divertida.

Las vacaciones crean lecciones de vida, experiencias de vida, risas y recuerdos que no tienen precio.

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