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Los Misioneros

Él dio su sangre

Él dio su sangre

Kristin Thomas

Di la vuelta hasta los bancos que estaban afueran del laboratorio, y al sentarme allí, vi que había una árabe delgada pero fuerte con un gran anillo de oro en la nariz. Estaba apretando una pelota antiestrés con la mano, mientras la sangre fluía desde su brazo hasta la bolsa de sangre. Le sonreí, y ella me devolvió la sonrisa, sin ninguna timidez. Pero cuando yo, en mi uniforme, me senté junto a ella, su sonrisa fue remplazada por una mirada de ligera sorpresa.

Hizo un movimiento hacia la aguja de su brazo y entonces me hizo una seña como diciéndome: “¿Está aquí también para dar sangre?”

Le sonreí, señalé mi brazo, y entonces le mostré la bolsa receptora mientras asentía con la cabeza. No pude sino reírme cuando comenzó a hablar en árabe con mucho entusiasmo con la parienta que estaba en el banco junto a ella. Entonces le preguntó a Anatole, la técnica de laboratorio, si yo iba a dar sangre para su hermana. Le aseguré que, por cierto, eso es lo que pensaba hacer.

Su sonrisa se hizo aún más amplia al mirarme con ojos agradecidos. Solo atiné a devolverle la sonrisa, divertida al ver lo incrédula que estaba ella de que yo, una enfermera, iba a donar sangre para su hermana.

La observé que hizo una mueca cuando Anatole quitó la inmensa aguja de calibre 14 de su brazo, y le hice un gesto mientras le decía en francés: “¡Eso duele!” Hizo un sonido con la lengua y asintió mostrándome que estaba de acuerdo con mi apreciación.

Entonces me llegó el turno. Anatole comenzó a preparar mi brazo y buscar la vena. Giré la cabeza, porque no puedo mirar cuando la aguja va entrando. La mujer árabe asintió con la cabeza como diciendo: “Tienes razón en no mirar”, y se movió para que pudiera dirigir la vista hacia otro lado.

Giré la cabeza una vez más para observar mi brazo, porque Anatole me estaba preguntando qué vena quería que pinchara, y la mujer árabe sacudió rápidamente la cabeza e hizo una seña para que mirara hacia otro lado, diciendo que no tenía que mirar. Para mostrarle que respetaba su interés, giré otra vez la cabeza hacia otro lado. La mujer puso su mano a manera de escudo para asegurarse de que no estuviera mirando.

Anatole tuvo éxito en lograr que la aguja llegara hasta la vena. Mientras apretaba la pelota antiestrés para bombear la sangre a la bolsa receptora, el resto de la familia se acercó. La árabe les explicó con entusiasmo lo que estaba pasando. Solo atiné a sonreír una vez más; estaba maravillada al notar el asombro que mostraban. Comenzaron a hablar entre ellos, y Anatole me explicó que me estaban agradeciendo.

Cuando la bolsa receptora se llenó, Anatole quitó la aguja de mi brazo, y la mujer junto a mí tomó mi rostro entre sus manos y dijo: “Merci, merci” (Gracias, gracias). Acaso esa era la única palabra en francés que sabía.

Me senté allí por unos minutos para asegurarme de no desmayarme por haber donado la sangre. Mientras tanto, seguí escuchando y observando a la familia.

En cierto momento, el pariente de la árabe que estaba junto a ella estiró el brazo y tocó un poco mi cabello. Le sonreí y giré la cabeza para que pudiera sentir mi cabello. La gente de un país como Chad, en África, se sienten muy intrigados por el cabello de un Nassara (“blanco”), dado que es tan diferente al de ellos.

Dar sangre en África esconde algo verdaderamente maravilloso, porque uno puede conocer al paciente y a la familia a los que piensa ayudar. Jamás disfruté tanto de dar sangre como en Chad. Desafortunadamente, la mujer a la que le estaba dando sangre estaba muy enferma. Ya había recibido dos bolsas de sangre, antes de la de su hermana y la mía. Había sufrido de apendicitis mientras estaba embarazada.

Un doctor estadounidense que estaba de visita, el doctor Johnson,* le había extraído el apéndice, algo muy peligroso durante un embarazo. Después de la cirugía, simplemente no se estaba recuperando. Aún sentía mucho dolor y parecía estar sumamente exhausta.

El doctor Peter,* el médico misionero, decidió darle algo más de sangre y llevarla de nuevo a cirugía para ver si podía determinar qué es lo que estaba mal. Esa era la razón por la cual estaba dando sangre.

Horas después, esa noche, Ansley, una de las enfermeras con las que trabajaba, llegó hasta la casa de los misioneros y dijo: “Gente, oren por favor por la árabe. No anda bien”. El doctor Peter no pudo encontrar cuál era el problema y terminó por sacar el bebé para tratar de dar a la mujer una oportunidad de sobrevivir. Nos detuvimos allí mismo para orar en forma grupal, y entonces Ansley regresó a su trabajo.

Cuando ella salió, comencé a orar en voz inaudible; realmente me molestaba pensar en que esta mujer podía morir. “Dios, por favor, permítele vivir. Le di mi sangre. Por favor, que no sea para nada”.

De repente me detuve, atónita por la profundidad de la oración que acababa de elevar. ¿Cómo se habrá sentido Jesús? Me puedo imaginar a Jesús, cuando elevó la misma oración por mí, rogando: “Padre, por favor, le di mi sangre. Por favor, no dejes que se pierda”.

Entonces mis pensamientos me llevaron aún más lejos: ¡Así es como se siente Dios respecto de cada uno de sus hijos!

Cada ser humano con los cuales me relaciono en este mundo es alguien por quien Cristo dio su vida, un don que él no quiere que sea en vano. ¿No deberían ser mis oraciones por sus almas acaso tan sinceras como las que estaba elevando por la vida de esa árabe? ¿No debería acaso estar haciendo todo lo posible en mis interacciones con la gente para asegurarme de que mi Jesús no había dado su sangre por nada?

Todos esos pensamientos me abrieron los ojos al valor de los seres humanos con los cuales estoy trabajando, y al valor que cada ser humano tiene a la vista de Dios.

Pensé en cuán incómoda me iba a sentir de saber que había dado mi sangre a esta árabe si no servía para salvarle la vida. Entonces me di cuenta de que todo lo que había experimentado había sido una aguja en mi brazo durante unos pocos minutos y la pérdida de un poco de sangre que no era esencial para que yo siguiera viviendo. Pero Jesús, el Salvador, había dado su sangre hasta la muerte. Cuánto más precioso es el don que puede ser derrochado, y cuánto más profundo puede sentir él la pérdida si su sacrificio no hiciera diferencia alguna en la vida de la gente que él ama profundamente.

Desde ese momento especial de comprensión, mi oración siempre es: “Dios, por favor, ayúdame a tratar a todas las personas como dignas del valor que tú les has dado. Ayúdame a ver con tus ojos”.

*Nombre cambiado.

Este artículo apareció originalmente en la revista Insight de mayo de 2012.

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