Espiritualidad

La Profecía

ELENA WHITE Y LA VIDA FAMILIAR

ELENA WHITE Y LA VIDA FAMILIAR

MI EXPERIENCIA

Edyta Jankiewicz

El impacto de Elena White en lo que pienso de la maternidad y la vida familiar comenzó varios años antes de que nacieran mis hijas. Había crecido con cierta ambivalencia hacia su ministerio. No leía sus libros a menudo; de vez en cuando, usaba algunos de sus escritos como devocional. Una mañana, mientras leía de la niñez de Jesús, hallé estas palabras: “Cuanto más tranquila y sencilla sea la vida del niño, cuanto más libre de excitación artificial y más en armonía con la naturaleza, más favorable será para el vigor físico y mental y para la
fuerza espiritual
”.

Ese mismo día fuimos con mi marido a hacer compras, y vimos un gran salón donde muchos adolescentes estaban enfrascados en los juegos electrónicos. Al pasar, escuchar la música a todo volumen y ver las luces fuertes e intermitentes, recordé las palabras de Elena White. Me volví a mi esposo y le dije: “Si alguna vez tenemos hijos, quiero que la niñez de ellos sea diferente. Quiero que aprendan a disfrutar de las cosas simples, como la luz del sol y las flores”.

 

La vida real, y sus apropiados consejos

Pasaron varios años. Cuando finalmente nació mi primogénita, la imagen pintada por Elena White sobre la niñez de Jesús aún estaba en mi mente. Pero la realidad de la vida con una recién nacida requería más bien tratar de sobrevivir con cuatro horas de sueño que disfrutar del sol y de las flores. Cuando una amiga me contó de un programa cristiano que prometía enseñar cómo hacer para que el bebé durmiera toda la noche, me sentí agradecida. Mientras trataba de aprender esto, me di cuenta que este programa no solo tenía que ver con la alimentación del bebé y sus horarios de sueño. Se refería también al deseo de Dios para que exista el orden y la autoridad en la vida familiar. Sintiéndome un tanto intranquila con lo que estaba leyendo, procuré entender mi nueva función de madre. Una vez más hallé sabiduría en las palabras de Elena White.

En Conducción del niño, Elena White aconseja a los padres que liguen “consigo el corazón de los pequeñuelos con sedosas cuerdas de amor”. Estas palabras simples pero profundas crearon una vez más una imagen que me ayudó a ver lo que Dios deseaba para la vida familiar. El amor es el centro del orden del universo que Dios creó; por ello, enseñar a los niños a “amar a Dios y al prójimo” tiene que ser el centro de crianza cristiana. Pero, ¿de dónde viene esta capacidad de amar? Las investigaciones indican que solo cuando los niños son amados incondicionalmente y sus necesidades son cubiertas de manera apropiada pueden internalizar el amor y la gratitud.3 Esto concuerda con la manera en que nuestro Padre celestial nos ha “criado”: “Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19, NVI). Al pensar en esto, entendí que en la nueva tarea que Dios me había dado, el amor era más importante que el orden. Para mi bebé recién nacida, aprender a amar y a ser amada era más importante que aprender a dormir toda la noche.

Al ver crecer a mi hija me di cuenta de que las “sedosas cuerdas de amor” que unen su corazón al mío eran el fundamento de todo lo que necesitaba aprender. Para entonces, había leído muchos libros sobre crianza y desarrollo infantil, pero las palabras que más me impactaron fueron estas: “Mientras la madre enseña a sus hijos a obedecerle porque la aman, les enseña las primeras lecciones de su vida cristiana. El amor de la madre representa ante el niño el amor de Cristo, y los pequeñuelos que confían y obedecen a su madre están aprendiendo a confiar y obedecer al Salvador”. Estas palabras me recordaron que al aprender —a menudo con muchas dificultades— a dejar de lado mis necesidades y responder a las de ella, mi hija estaba aprendiendo sobre el amor de Dios. Al estar disponible y receptiva, dentro de lo posible, cuando ella me necesitaba, mi hija estaba aprendiendo que podía confiar en Dios. Este fundamento de amor y confianza la capacitaría para ser obediente, no solo a mí, sino también a Dios. Me di cuenta que la maternidad era una tarea más sagrada que lo que había imaginado.

 

La perspectiva divina

A lo largo de mi camino como madre, las palabras de Elena White han continuado animándome de diversas maneras. Cuando mis hijas aún eran pequeñas, había días cuando las tareas de mi vida profesional anterior parecían más significativas que la ropa sucia y las narices resfriadas de cada día. En días como esos, hallé validación en estas palabras: “Al rey en su trono no incumbe una obra superior a la de la madre […]. Un ángel no podría pedir una misión más elevada”. Varios años después, mientras éramos misioneros en el Pacífico Sur, hubo días cuando mi tarea de ser maestra de mis hijas en nuestro hogar me resultaba abrumadora. ¿Estábamos arruinando a nuestras hijas y creando inadaptadas sociales? En esos días recibí la seguridad de estas palabras: “Las madres deberían instruir con sabiduría a sus pequeños durante los primeros años de la niñez. Si cada madre hiciera esto, y dedicara tiempo a enseñar las lecciones que deben aprender a comienzos de la vida, entonces todos los niños podrían ser educados en sus hogares hasta los ocho, nueve o diez años”.

Mis hijas ahora son mayores, y están felices en el colegio. Hay días cuando parece que la influencia de su mundo es inmensa y de nuestro hogar mucho más pequeña. En esos días, siento el desafío pero también el ánimo de estas palabras: “En gran medida los padres tienen en sus propias manos la felicidad futura de sus hijos. A ellos les incumbe la obra importante de formar el carácter de estos hijos. Las instrucciones dadas en la niñez, les seguirán durante toda la vida”. También hay días cuando la medida a alcanzar parece demasiado elevada, en los que el estándar descrito por Elena White parece inalcanzable. Es allí cuando me vuelvo a estas palabras: “Por tanto, imiten a Dios […] y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Efesios 5:1, 2).

Al reflexionar en estas palabras, me humillo ante la enormidad del amor de Dios por mí, y recuerdo que solo al contemplar su amor puedo comenzar a amarlo de la misma manera.

Este artículo apareció originalmente en la revista Adventist World

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